En contexto de las eventuales reformas que el Ejecutivo propondrá a los parlamentarios, que con la intención de optimizar el Transantiago, es importante señalar que este medio de locomoción no es posible despacharlo como muchos lo solicitan, ni es motivo para gratitud como se ha expresado por otros pocos. La política de transporte público de la capital del país plasmada en este sistema, no logra ni logrará mejorar inyectándole más dinero, ni reduciendo la evasión, ni trayendo más buses, ni aumentando las tarifas, ni modificando los contratos con los operadores. Lo relevante es que Sí es un mejor sistema comparativamente al anterior, pero en la actualidad y a tres años y medio desde su implementación, está supeditado a:
1.- la escasa educación de los pasajeros, pues es un sistema que pone a prueba la cultura del usuario,
2.- el compromiso verdadero y alejado del escrúpulo de los operadores, pues algunos privados no entienden éste es un sistema público que requiere constancia en la optimización y que no comulga con conceptos lucrativos,
3.- el criterio más amplio de los conductores, quienes en su gran mayoría son mezquinos con la calidad del servicio,
4.- la implementación genuina del control de flota, considerando este factor como el fundamental en la tarea de mejorar la gestión,
5.- la reinversión constante en material automotor, como política suprema tanto en funcionalidad como en recurso,
6.- el permanente monitoreo de la demanda, pues la movilidad de la población y las necesidades de tráfico son variables y nunca las mismas con los años,
7.- la inversión en más infraestructura (puntos bip, mejoramiento de calles, construcción de más paraderos, etc.), para mejorar la popularidad del sistema,
8.- y por último, desprenderlo de los intereses políticos para entender es un bien ciudadano.
Cuando se optimicen todos estos factores, y otros tranversales que también lo aquejan, … entonces podremos decir es un buen sistema de transporte público.
