Que la manifestación del bullying tiene su origen en el hogar, es ciertamente probable. Según la última encuesta CASEN, son en Chile aproximadamente dos millones los hogares monoparentales, hecho que propone una incidencia en los comportamientos de los menores. Agregado a lo anterior la violencia intrafamiliar en hogares “bien constituídos”, violencia que existe y que se ignora, y el clima sino hostil, ingrato que viven a diario los niños. Indiscutible entonces es que la debilidad de la estructura familiar, gatilla dificultades sociales de toda índole, pero en especial esta del bullying, que además siempre ha existido, pero que cada día presenciamos con mayor frecuencia y crudeza.
Si los niños traen consigo esos patrones de comportamiento desde sus hogares, es evidente que incorporados a circunstancia colectiva o grupal, de una u otra forma manifestarán o darán atisbos conductuales reprochables. Lo extraño es que en ese contexto, las conductas de esa naturaleza son muchísimo más “admiradas” y “respetadas”, que precisamente objetadas como debiera ser. Lo claro es que si ampliamos el número de niños o jóvenes, existirán más riesgos y más probabilidades de violencia.
Recuerdo en lo personal, que nosotros en la educación básica teníamos un “matón” en nuestro curso, al que “respetábamos” y “admirábamos”. Le veíamos en ocasiones agredir solo por deporte a uno y a otro de nuestros compañeros, y nuestra complicidad tenía un sabor extraño el que recién hoy defino como amargo. Ya mayores y encontrándonos en una oportunidad en este “pequeño mundo”, entre otras cosas no dejé de preguntarle que sentía él ostentando esa condición de supremacía dentro del grupo curso, … me respondió: “si tuviera la ocasión de vivir de nuevo esa situación, nunca lo haría, porque mis hijos lo han vivido ahora y en cierta forma me han cobrado, y he pagado el costo del abuso”.
Es imprescindible lograr la detección de los niños violentos, proponerlos en tratamiento y ayudar a sus familias, la comunidad toda y la sociedad tienen esa obligación urgente. Existen las metodologías, las instancias, los recursos tanto humanos como tecnológicos y la voluntad cierta de los ciudadanos, para impedir se instale en colegios y liceos de nuestro país, la cultura del Poder de facto y la Violencia como recurso válido. No creo exista alguien concuerde en que para educar a nuestros hijos, debamos contar con niños suicidados, jóvenes homicidas, víctimas con fracturas, y maltratos psicológicos con secuelas indeterminadas.
Si los niños traen consigo esos patrones de comportamiento desde sus hogares, es evidente que incorporados a circunstancia colectiva o grupal, de una u otra forma manifestarán o darán atisbos conductuales reprochables. Lo extraño es que en ese contexto, las conductas de esa naturaleza son muchísimo más “admiradas” y “respetadas”, que precisamente objetadas como debiera ser. Lo claro es que si ampliamos el número de niños o jóvenes, existirán más riesgos y más probabilidades de violencia.
Recuerdo en lo personal, que nosotros en la educación básica teníamos un “matón” en nuestro curso, al que “respetábamos” y “admirábamos”. Le veíamos en ocasiones agredir solo por deporte a uno y a otro de nuestros compañeros, y nuestra complicidad tenía un sabor extraño el que recién hoy defino como amargo. Ya mayores y encontrándonos en una oportunidad en este “pequeño mundo”, entre otras cosas no dejé de preguntarle que sentía él ostentando esa condición de supremacía dentro del grupo curso, … me respondió: “si tuviera la ocasión de vivir de nuevo esa situación, nunca lo haría, porque mis hijos lo han vivido ahora y en cierta forma me han cobrado, y he pagado el costo del abuso”.
Es imprescindible lograr la detección de los niños violentos, proponerlos en tratamiento y ayudar a sus familias, la comunidad toda y la sociedad tienen esa obligación urgente. Existen las metodologías, las instancias, los recursos tanto humanos como tecnológicos y la voluntad cierta de los ciudadanos, para impedir se instale en colegios y liceos de nuestro país, la cultura del Poder de facto y la Violencia como recurso válido. No creo exista alguien concuerde en que para educar a nuestros hijos, debamos contar con niños suicidados, jóvenes homicidas, víctimas con fracturas, y maltratos psicológicos con secuelas indeterminadas.