"Carta a Mí Padre:
Muchas veces quise escribirte como hoy lo hago. Muchas veces me ví admirando a otros niños, quienes en conversaciones me hablaban sobre sus papás, por ello observándolos, guardando solo silencio, callando con pena, y preguntándome porqué tú no estabas a mi lado. Incontables veces no pude derramar esas lágrimas que deseaba arrojar fuera de mí, aunque se me desgarraba el alma y sentía que el corazón se me hinchaba no permitiéndome respirar, sino suspirando con tristeza y asumiendo era esa la CONDICIÓN DE HIJO que me brindó la vida. Siendo niño muchas veces te necesité, en especial cuando me encontré solo y lejos de mi madre por tantos meses y hasta años. Muchas veces en casa de mis amigos, notaba esa dureza y autoridad que ejercían sus padres con ellos, y los escuchaba reclamar y hasta expresarse de mala manera de “sus viejos”, preguntándome si tú serías así conmigo y yo contigo en la misma circunstancia.
Pero el destino quiso que mis ojos te miraran a los tuyos un día. Desde el comienzo supe quién eras, sentado allí, mirándome y esperando mi reacción. Conversamos recuerdo como dos personas que recién se conocen. Desprovistos de confianza, ajenos a la cercanía que se supone debe existir. Solo fue un día en mi adolescencia, que para mí, te lo confieso, fue uno de los que más nítidamente recuerdo siempre, como aquel instrumento que me regalaste ese día y que atesoro conmigo hasta el día de hoy.
Un día hace algunos años, por un trámite civil tuve la oportunidad de saber de tí. Por aquel medio tecnológico me enteré de tu deceso y que habías fallecido en algún lugar hacía un par de años en un día de Diciembre. No niego que el golpe de sensibilidad de esa noticia me dejó meditando por muchísimo tiempo. Pensé una y otra vez, en la oportunidad que había definitivamente perdido, en las mil ocasiones que quise y necesité abrazarte, en la imposibilidad de oír regaños, … y especialmente, ... en las infinitas ocasiones que de mi boca quise saliera esa palabra que jamás dije y que nunca diré: ... “papá!”.
Hoy, ya convertido en ese que siempre quise saber cómo era. He comprendido que la vida tiene muchos laberintos, algunos de ellos insalvables, otros circunstanciales, y otros simplemente son la opción que cada uno toma. Termino esta carta diciéndote que no eres culpable de nada, que solo eres mi origen y mi sangre, que igual me enorgullezco de tu apellido, y que donde estés ahora, para mí, aunque jamás te lo haya dicho, fuíste, eres y hasta que yo muera, ¡seguirás siendo mí PAPÁ!.
Un enorme y eterno abrazo, ... TU HIJO siempre".
Muchas veces quise escribirte como hoy lo hago. Muchas veces me ví admirando a otros niños, quienes en conversaciones me hablaban sobre sus papás, por ello observándolos, guardando solo silencio, callando con pena, y preguntándome porqué tú no estabas a mi lado. Incontables veces no pude derramar esas lágrimas que deseaba arrojar fuera de mí, aunque se me desgarraba el alma y sentía que el corazón se me hinchaba no permitiéndome respirar, sino suspirando con tristeza y asumiendo era esa la CONDICIÓN DE HIJO que me brindó la vida. Siendo niño muchas veces te necesité, en especial cuando me encontré solo y lejos de mi madre por tantos meses y hasta años. Muchas veces en casa de mis amigos, notaba esa dureza y autoridad que ejercían sus padres con ellos, y los escuchaba reclamar y hasta expresarse de mala manera de “sus viejos”, preguntándome si tú serías así conmigo y yo contigo en la misma circunstancia.
Pero el destino quiso que mis ojos te miraran a los tuyos un día. Desde el comienzo supe quién eras, sentado allí, mirándome y esperando mi reacción. Conversamos recuerdo como dos personas que recién se conocen. Desprovistos de confianza, ajenos a la cercanía que se supone debe existir. Solo fue un día en mi adolescencia, que para mí, te lo confieso, fue uno de los que más nítidamente recuerdo siempre, como aquel instrumento que me regalaste ese día y que atesoro conmigo hasta el día de hoy.
Un día hace algunos años, por un trámite civil tuve la oportunidad de saber de tí. Por aquel medio tecnológico me enteré de tu deceso y que habías fallecido en algún lugar hacía un par de años en un día de Diciembre. No niego que el golpe de sensibilidad de esa noticia me dejó meditando por muchísimo tiempo. Pensé una y otra vez, en la oportunidad que había definitivamente perdido, en las mil ocasiones que quise y necesité abrazarte, en la imposibilidad de oír regaños, … y especialmente, ... en las infinitas ocasiones que de mi boca quise saliera esa palabra que jamás dije y que nunca diré: ... “papá!”.
Hoy, ya convertido en ese que siempre quise saber cómo era. He comprendido que la vida tiene muchos laberintos, algunos de ellos insalvables, otros circunstanciales, y otros simplemente son la opción que cada uno toma. Termino esta carta diciéndote que no eres culpable de nada, que solo eres mi origen y mi sangre, que igual me enorgullezco de tu apellido, y que donde estés ahora, para mí, aunque jamás te lo haya dicho, fuíste, eres y hasta que yo muera, ¡seguirás siendo mí PAPÁ!.
Un enorme y eterno abrazo, ... TU HIJO siempre".
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